El slasher es un subgénero del terror donde un asesino (frecuentemente enmascarado o hiperbólico) acecha y elimina sistemáticamente a un grupo, usualmente joven, en entornos aislados. Se identifica por su estructura de persecución y vulnerabilidad, la presencia de un antagonista casi indestructible y el arquetipo de la Final Girl. Más que un conteo de muertes, es un ejercicio de tensión donde el mal se manifiesta como una fuerza física imparable.
Su consolidación fue un proceso evolutivo: el giallo italiano aportó la estética y el misterio; el thriller psicológico (Psicosis) y el cine de explotación sumaron la violencia gráfica y el trauma humano. Tras precursores como Black Christmas y La matanza de Texas, Halloween (1978) cristalizó la “fórmula de oro”: el asesino icónico, la identidad oculta y la cacería de adolescentes. Esta evolución permitió transitar del terror gótico clásico a una narrativa centrada en el psicópata como motor del horror.
Su éxito masivo en los años 80 se explica por su alta rentabilidad (bajo costo, grandes ganancias) y la expansión del mercado doméstico (VHS), que fidelizó a la audiencia. Sociológicamente, el género capitalizó el miedo real a los asesinos seriales y las ansiedades sociales de la época, transformando temores urbanos en un espectáculo comercial. Su capacidad para evolucionar, integrando desde la brutalidad realista hasta la autoconciencia metaficcional de Scream, lo ha mantenido como un pilar inamovible de la cultura pop.









