El gore (o splatter) es un subgénero del terror. Se define por representar de forma explícita la violencia, la mutilación y la destrucción del cuerpo humano. A diferencia de otros géneros que priorizan el suspenso, el gore pone el foco en los efectos visuales. La sangre y las vísceras son sus protagonistas. Este subgénero no busca sugerir el peligro, sino mostrarlo con una crudeza que a menudo roza el humor negro. Así, convierte la repulsión en una experiencia catártica para el espectador.
El cine de explotación de los años 50 y 60 originó este movimiento al desafiar la censura del “Código Hays”. Herschell Gordon Lewis marcó un punto de inflexión con Blood Feast (1963), la primera obra que se centró exclusivamente en la carnicería. Tras las dosis de violencia de Psicosis y el cine de la Hammer, el gore se independizó entre los años 70 y 80. Los directores de esa época adoptaron el maquillaje especial como un lenguaje creativo y comercial para atraer a un público ávido de emociones extremas.
El gore saltó de los circuitos de culto al mercado masivo. Hostel (2005) fue clave, ya que demostró que el terror visceral podía ser altamente rentable. Películas como Borderland o Feed consolidaron esta tendencia con presupuestos moderados. Este movimiento, llamado a menudo torture porn, transformó una propuesta marginal en un producto reconocido comercialmente. Cabe precisar que el mercado recomienda el gore cinematográfico tradicional y no el ultra gore o extreme. Obras como Ichi the Killer o producciones japonesas similares trascienden el entretenimiento convencional. Hoy, sagas como Terrifier mantienen vigente este estándar comercial del género.






